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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Tollo raspa (Etmopterus princeps)

Etmopterus princeps. Foto: Antonio Punzón, IEO Santander.

Tollo raspa

Etmopterus princeps (Collet, 1904)

(es. Tollo raspa, tollo lucero raspa, melgacho grande, quelmín; ingl. Great Lantern Shark; port. Lixinha da fundura.)

Orden: Squaliformes
Familia: Etmopteridae


Como su nombre indica, el tollo raspa o Etmopterus princeps es el más grande de todos los etmoptéridos, también conocidos como tiburones linterna porque su piel contiene células bioluminiscentes los fotóforos, capaces de generar una luz en la negritud del mar profundo. Junto con el negrito (Etmopterus spinax) y el tollo lucero (Etmopterus pusillus), conforma la triada de tiburones luminosos del mar de Galicia.
Otra característica que lo convierte en un bicho realmente singular es que el E. princeps es quien ostenta el récord de profundidad de todos los tiburones, con casi 4500 m, seguido a corta distancia de la pailona (Centroscymnus coelolepis), a la que ya dedicamos un más que merecido artículo.
El tollo raspa es un tiburón bastante poco conocido y en no pocas ocasiones no demasiado fácil de identificar a simple vista. Aun así, vale la pena intentarlo.

Descripción: Cuerpo grueso y alargado, terminado en una cabeza ancha con un morro corto, romo y plano, no cónico. Ojos grandes y alargados. Boca transversa y casi recta. Las aberturas branquiales son relativamente largas, aproximadamente la mitad de la longitud del ojo. Los dentículos dérmicos laterales están espaciados, no formando filas, y presentan una cresta corta, gruesa y ganchuda que da a la piel un tacto bastante áspero.
Dos dorsales con fuertes espinas asurcadas; la de la primera dorsal es más baja que la aleta; la espina de la segunda es tan alta o más que su aleta, e inclinada hacia atrás sobre todo en los adultos. La segunda dorsal es claramente más grande que la primera, aunque no llega a doblarla en superficie. La primera dorsal se origina detrás del ápice libre de las pectorales; la segunda, cerca de la axila pélvica. Pectorales bastante pequeñas y redondeadas. La distancia entre las aletas pectorales y las pélvicas es claramente mayor que la longitud de la cabeza (1,4 veces). Caudal ancha y moderadamente larga, aproximadamente tan larga como la cabeza. Al igual que todos los etmoptéridos, el pedúnculo caudal carece de quillas laterales y muescas precaudales; y como todos los escualiformes, no tiene aleta anal.
Dentículos dérmicos fuertes y espaciados. Fuente: Ebert & Stehmann, FAO 2013.
A diferencia del E. spinax, la librea el princeps es uniforme, de un gris oscuro a negruzco, sin las típicas manchas o franjas oscuras repletas de células bioluminiscentes.

Dentición: Dientes diferentes en ambas mandíbulas. Los de la superior están espaciados, presentan una cúspide alta y dos o más pares de cuspidillas secundarias, y están dispuestos en dos o tres hileras funcionales. Los dientes inferiores, en cambio, son más anchos y constan de una única cúspide bastante abatida; sus bases están imbricadas formando una única hilera funcional, a la manera de una hoja dentada. La mandíbula superior contiene entre 29-32 filas de dientes, y la inferior, 40-50. Sin sinfisarios.
Fuente: The Shark Trust.
Talla: La talla máxima registrada hasta ahora corresponde a una hembra de 94 cm capturada durante un muestreo realizado en 2004 en las Azores y la zona de fractura de Charlie Gibbs, un área de la dorsal mesoatlántica situada aproximadamente a la altura de la costa meridional de Irlanda (véase el trabajo de Cotton et al. 2014 citado en la nota 2). Los machos alcanzan la madurez en torno a 57,3 cm y las hembras, hacia los 62,2 cm, si bien se han detectado ligeras variaciones geográficas¹. Al nacer miden entre 12-17,5 cm.

Ejemplar de 385 mm capturado en las Azores, en el sitio hidrotermal Lucky Strike. Foto: Pedro Niny Duarte (c)ImagDOP. 
Reproducción: Poco conocida. La mayoría de los datos disponibles parecen provisionales. En principio es una especie vivípara aplacentaria (ovovivípara) con saco vitelino, y un promedio de 10 crías por camada. Parece haber dos temporadas de máxima actividad reproductiva a lo largo del año: en junio y julio, y en octubre, según recogen Ebert & Stehmann (2013). Existe segregación por sexo y grado de madurez.
Sin embargo, las conclusiones de un reciente trabajo parecen evidenciar la existencia de matrotrofismo en el desarrollo embrionario², si bien queda por delimitar claramente su extensión. Es decir, que no estaríamos ante una especie lecitotrófica absoluta. En los ejemplares estudiados, la fecundidad media fue de 11 embriones (en un espectro de 7 a 18). Finalmente, los autores tampoco observaron indicios de estacionalidad en el apareamiento.

Dieta: A base de pequeños teleósteos como peces linterna (fam. Myctophidae), cefalópodos y crustáceos. La alta proporción de teleósteos, sobre todo mictófidos, en los contenidos estomacales parece apuntar a que el E. princeps se alimenta lejos del fondo, posiblemente en aguas intermedias.

Hábitat y distribución: Especie demersal del talud continental e insular preferentemente entre los 350-2213 m (entre 800-1000 en el Atlántico norte), aunque en el Atlántico NE ha sido encontrado en la base del glacis continental, entre los 3750-4500 m.
En aguas de Islandia, al menos, parece que existe segregación por tallas y profundidad: los individuos más grandes son más abundantes por encima de los 600 m; a medida que descendemos, las tallas medias se van reduciendo.

Elaboración propia a partir de Ebert & Stehman 2013, Ebert et al. 2013, y otros.³
Parece tratarse de una especie fundamentalmente atlántica. Atlántico NW: desde las costas canadienses de Nueva Escocia hasta New Jersey. Atlántico NE: desde el estrecho de Dinamarca, que separa Groenlandia de Islandia, hacia el sur: islas Feroe, Noruega, Escocia, Irlanda, costa sur de Inglaterra, golfo de Vizcaya, España, Portugal, Azores, Madeira, Canarias, Sahara, Mauritania, Cabo Verde, posiblemente hasta Sierra Leona.
Existen algunos registros sin confirmar en el Pacífico occidental, pero podría tratarse de confusiones con el melgacho de Nueva Zelanda (Etmopterus baxteri) o el melgacho pardo (Etmopterus unicolor).

Foto: Irish Elasmobranch Group.
Pesca y conservación: Carece de interés pesquero, por el escaso valor de su carne y el reducido tamaño de su hígado (demasiado pequeño para que resulte económico procesarlo para extraer su aceite). Es una captura accidental del arrastre y de otras artes de profundidad, que por lo general acaba siendo devuelto al mar, aunque la mortalidad es muy alta debido al mal estado en el que llegan a bordo.
En 2008 se descargaron aproximadamente unas 20 toneladas, pero tal vez la realidad sea más preocupante, teniendo en cuenta que la especie puede estar siendo sometida a una presión pesquera fortísima a causa del importante empuje de las pesquerías de aguas profundas.
De momento figura en la Lista Roja de la IUCN con el estatus de Datos incompletos, si bien se advierte que pudiera considerarse como "Casi amenazada" debido a una más que probable disminución en sus poblaciones causada por el avance de estas pesquerías. Y al igual que muchas otras especies de profundidad, hacen falta datos sobre su biología, ecología, un historial de capturas, para justificarlo.
La monitorización de la pesca de profundidad es prioritaria.


[Mi agradecimiento Pedro Niny Duarte y a Antonio Punzón, del IEO de Santander por la cesión de sus fotografías, y, como siempre, al maestro Rafael Bañón, por estar ahí en todo momento.]
_________________________
¹Así por ejemplo, en las Azores la talla de madurez que se ha recogido es de 56,5 cm para los machos y de 61 cm para las hembras, mientras que en la zona de Charlie Gibbs es de 54 cm y 69 cm, respectivamente. En aguas canarias, la tallas recogidas son de 55 cm para los machos y 60 para las hembras.
²Si la embriogénesis de las especies lecitotróficas requiere un consumo de materia orgánica superior al 20%, en los embriones de E. princeps el porcentaje observado fue del 7,7%. Por otro lado, también se descubrió que las vellosidades uterinas incrementaban su longitud y grosor y se volvían gradualmente más vascularizadas a medida que avanzaba la gestación. Véase Charles F. Cotton, R. Dean Grubbs, Jan E. Dyb, Inge Fossen, John A. Musick (2014). "Reproduction and embryonic development in two species of squaliform sharks, Centrophorus granulosus and Etmopterus princeps: Evidence of matrotrophy?". Deep Sea Research Part II: Topical Studies in Oceanography, doi:10.1016/j.dsr2.2014.10.009.
³David A. Ebert & Matthias F. W. Stehmann (2013). FAO Species Catalogue for Fishery Purposes: Sharks, Batoids and Chimaeras of the North Atlantic. FAO, Roma; Ebert & Stehmann op. cit.; David A. Ebert, Sarah Fowler, Leonard Compagno, Marc Dando (2013). Sharks of the World: A Fully Illustrated Guide. Wild Nature Press, Plymouth; Mafalda Freitas & Manuel Biscoito (2007). "Four chondrithyes new for the archipelago of Madeira and adjacent seamounts (NE Atlantic Ocean)". Bocagiana. Museu Municipal do Funchal (História Natural), No. 221, 31-XII-07; Gui M. Menezes, O. Tariche, Mário R. Pinho, Pedro N. Duarte, Ana Fernandes & Maria A. Aboim (2004). "Annotated list of fishes caught by the R/V Arquipélago off the Cape Verde archipelago." Life and Marine Sciences 21A:57-71

martes, 9 de diciembre de 2014

Finning en Bentota (Sri Lanka)

Lo que sigue es un artículo publicado hace pocos días en la excelente revista digital Roads & Kingdoms. Básicamente consiste en el relato del inesperado encuentro —más bien encontronazo— del autor, Marco Ferrarese, con la sangrienta realidad del tráfico de aleta durante una visita a la lonja de Bentota, en la costa suroccidental de Sri Lanka. Ciertamente, lo que cuenta no es nada nuevo para quienes estamos al tanto de la problemática del finning y la pesca de tiburones en las regiones más pobres del planeta. Es tan solo una anécdota más. Pero me gustó como describe la experiencia, y también el modo como retrata la sorprendente y fría crueldad de la miseria conviviendo, sin mezclarse, con el lujo y la ostentación occidental; por eso pensé que valía la pena hacer el esfuerzo de traducirlo. 

Quiero agradecer a Natham Thornburgh, editor de la revista, y al propio autor, Marco Ferrarese, su amable autorización para la publicación tanto del texto completo como de algunas de las impresionantes fotografías de Kit Yeng Chan, que recomiendo veáis en su formato original en la página de la revista. Al final del texto he añadido un pequeño mapa de Google con la ubicación de Bentota y de las zonas del Índico que se mencionan en el artículo.


Foto: Kit Yeng Chan

BAÑO DE SANGRE EN LA LONJA DE BENTOTA
por Marco Ferrarese 

Es una masacre a cielo abierto. El brillo de montones de cuerpos mutilados se extiende desde donde estoy hasta el muelle. El hedor es inimaginable, como si unos dedos enguantados embadurnados en pasta de pescado podrido se me estuviesen metiendo por los agujeros de la nariz. Pero no es solo el olor lo que me revuelve el estómago. Son los cuchillos. Manejados por manos expertas, cercenan las aletas, la parte más valiosa, dejando tremendas heridas incruentas en la lustrosa piel de la criatura.
Estando en este lugar, con pequeños riachuelos de sangre y agua pasando entre mis pies, casi me olvido de que en esta costa existe una idílica franja de arena ocre llamada playa de Bentota. Situada cuarenta millas al sur de Colombo, capital de Sri Lanka, en una parada del camino hacia Galle, la encantadora ciudad amurallada patrimonio de la humanidad, Bentota es uno de los complejos turísticos más famosos del país. Una hilera de hoteles de cinco estrellas se alza sobre las olas oscuras del inquieto océano Índico, y lo que queda de un palmeral otrora frondoso separa las piscinas y terrazas al aire libre de la arena de la playa.
Pero un oscuro secreto se esconde más allá de las tumbonas y el protector solar, algo que acecha entre las sombras de los mercados locales que abastecen de pescado fresco a los buffets que se sirven a diario en los ostentosos hoteles. Este lado oscuro es algo que nunca verán los turistas rusos e internacionales cuyos cuerpos descansan y enrojecen sobre una tumbona mientras sus retoños corretean por la playa.

De hecho, esta parte de Sri Lanka ha sido siempre un refugio seguro, incluso durante la guerra civil que tuvo lugar en el norte del país entre 1983 y 2009. Impulsada por el turismo, Bentota prosperó junto con la costa sur, dando empleo a mucha gente necesitada de la zona.

Saman, de poco más de treinta años y padre de dos hijos, es uno de ellos. Trabaja atendiendo uno de los bares del complejo turístico, vestido con un impecable chaleco de terciopelo rojo y una camisa blanca de manga larga.

"Bienvenido a Sri Lanka", dice con una amplia sonrisa. Saman vive en Aluthgama, unas pocas millas al norte de Bentota. Trabaja en el complejo turístico para mantener a su mujer y a sus dos hijos, pero su corazón está en otra parte. En efecto, durante la temporada baja dirige las actividades locales de la ONG suizo-italiana Helianto colaborando en el desarrollo de las escuelas infantiles de su distrito. En su tiempo libre también conduce el motocarro de la ONG llevando y trayendo entre Bentota y Aluthgama a los residentes del lugar.
Estoy de visita en representación de Helianto y me alojo en casa de Saman. Una mañana nos propone visitar el mercado y comprar pescado fresco para el almuerzo. "Mi mujer lo cocinará para vosotros". "Como sois tan curiosos, seguro que os encantará visitar nuestro mercado. No es fácil entrar allí por vuestra cuenta."
Nos apretujamos en su pequeño motocarro y cubrimos el breve trayecto hasta el mercado. Saman tiene razón: la entrada está protegida por una valla. Se acerca a un viejo gruñón que está sentado detrás de una ventana de cristal. Las piruetas del staccato del singalés, el idioma nacional, se detienen en torno a nosotros cada vez que Saman se vuelve para señalarnos a mi y a mi prometida malaya, la extraña pareja del mercado. Al poco rato el malhumorado guarda sale al sofocante sol del mediodía. Alarga la mano para sujetar una barra y tira de una cadena, franqueándonos el acceso al recinto.

Al otro lado de la entrada, una fila de puestos de madera bulle de manos que cambian rupias por paquetes de papel que contienen peces de todas las formas y tamaños.
Venid, vamos a elegir nuestro almuerzo dice Saman, conduciéndonos a través de la masa de gente e inspeccionando el pescado expuesto.
Foto: Kit Yeng Chan
Algo llama mi atención en un extremo del mercado. En aquel punto, la explanada de hormigón desemboca en un callejón sin salida no muy visible que discurre entre el mar y una fila de almacenes.
¿Qué es ese lugar, Saman? pregunto. 
Los muelles —responde, su voz parece un poco preocupada. Ahora será mejor que nos vayamos, mi mujer nos está esperando para ponerse a cocinar.
Pero me siento atraído hacia la línea de viejos bumboats amarrados y hacia la gente que está descargando los tanques que hay en sus cubiertas y subiéndolos a los camiones. Se mueven en torno a un conjunto de objetos alargados y oscuros que no soy capaz de distinguir por la gente que está limpiando con mangueras el suelo a su alrededor. Parecen proyectiles blandos e inservibles.
Según me voy acercando, el olor se hace casi insoportable. A la altura del primer bumboat, el pavimento es una masa resbaladiza. Un tipo descalzo lo está baldeando con una manguera, lavando rojos charcos de sangre. Finalmente me doy cuenta de que el suelo está cubierto de tiburones. Están varados sobre el pavimento como barcas de juguete de color negro brillante que se hubiesen quedado sin pilas, con sus cabezas secas y arrugadas. Entiendo por qué. De su piel se desprenden granos de sal cuando los sacan por una una escotilla de la cubierta. Dentro del barco los tiburones se conservan en sal.
Arrojados sobre el hormigón del muelle, todavía les esperan más tormentos post mortem. Descalzo sobre una una espesa capa de limo, sangre y vísceras, un hombre sostiene un machete con su mano derecha mientras con la otra se sujeta el nudo frontal de su sarong. Se acerca a la creciente hilera de tiburones, se inclina con naturalidad, y corta las aletas con rápidas sacudidas de la hoja. Los apéndices arrancados se echan mecánicamente a un montón.
Saman me agarra del codo derecho mientras observo horrorizado.

No deberíais estar aquí... Se lo prometí al guarda.
¿Esto qué es? pregunto.

Saman explica que los bumboats recorren el océano Índico hasta el golfo de Bengala y el mar de Andamán. Esos hombres dejan a sus familias para vivir en el mar durante meses, pescando tiburones y otros peces exóticos y caros. No lejos de donde estoy, dos mantas gigantes yacen boca arriba con sus cajas torácicas al descubierto.

Por supuesto, lo más valioso son las aletas de tiburón dice Saman. Se venden a China, Taiwan, Korea, Japón... A los chinos especialmente les encantan. Es un muy buen negocio para la gente de Sri Lanka.
Sri Lanka ocupa el puesto número 14 en el grupo de los 20 países responsables del 80% de la masacre mundial de tiburones. Naciones como Indonesia, España, India y Taiwan representan un 35 por ciento, mientras que la contribución individual de Sri Lanka ronda tan solo el 2,4%. Pero considerando el pequeño tamaño de la isla y su diminuta flota pesquera, la cifra es sin embargo muy considerable. Para colmo, aparte de jaquetones sedosos, más comunes, los pescadores de Sri Lanka regularmente capturan los amenazados tiburones zorro, pese a una prohibición gubernamental.

El problema, explica Saman, es que el resto del tiburón apenas se utiliza. La mayor parte de los cuerpos se echan a los perros o se devuelven a los bumboats y se tiran al mar.
Un joven con un gorro Rastafari y pelo con rastas cortas se da cuenta de nuestra presencia y señala en nuestra dirección. Inmediatamente todas las miradas se posan en nosotros. Doy un paso atrás, preparándome para escapar, pero entonces los trabajadores sonríen. Empiezan a posar para las fotos mientras levantan los tiburones y los cuelgan de una balanza para impresionarnos a los intrusos. Aquellos hombres proporcionan la médula a la columna vertebral del mercado internacional de aleta de tiburón. Esta no es más que una de las cosas necesarias que los hombres menos afortunados de Sri Lanka deben hacer para sostener a sus familias.

Mi mujer está esperando —dice Saman tirándome del brazo. Puedo ver que está incómodo. Vámonos ya, por favor.

Sigo a Saman de vuelta al mercado y a su menos exótica selección de pescado, cruzando por delante del montón de aletas cortadas. Al subir al motocarro, pienso que los aficionados a la aleta de tiburón deberían pasarse por aquí en persona antes de sorber una taza de su placer prohibido, para que viesen por si mismos el origen de la masacre.

Roads & Kingdoms
[Fotos: Kit Yeng Chan]

Fuente: Google Maps.