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sábado, 31 de enero de 2015

El misterio del tiburón cocodrilo

Tiburón cocodrilo (Pseudocarcharias kamoharai) capturado en Angola (foto: Santiago Barreiro, Jueguen).

A éste no lo tenemos en Galicia, pero no importa. Merece la pena conocerlo; os aseguro que es uno de los tiburones más simpáticos, encantadores y puñeteros que quepa imaginar. Ya veréis.

La multinacional estadounidense American Telephone and Telegraph (AT&T) experimenta en Canarias, por primera vez en la historia, en colaboración con la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), un cable submarino de fibra óptica, el Optican. La AT&T pretende, de esta manera, competir con la industria de los satélites en la recta final de la carrera por el dominio de las comunicaciones del año 2000.
(El País, 28 de septiembre de 1985).

Tras el acuerdo de colaboración con la CTNE firmado dos años antes, en septiembre de 1985 la AT&T instalaba entre Gran Canaria y Tenerife su revolucionario cable de fibra óptica Optican-1, con capacidad para 7680 canales de 64 kbp. Era el primer cable de estas características que se tendía en aguas profundas en todo el mundo. La fibra óptica se estaba consolidando como el medio del futuro para la transmisión de comunicaciones tanto por la potencia y calidad de las transmisiones como por su precio en comparación con los sistemas de cable coaxial.

Canarias era el lugar idóneo para el test: ofrecía dos puntos con alta densidad de población y, por tanto, con una elevada demanda de comunicaciones, separados por un tramo corto pero profundo de océano, alrededor de 100 km con cotas superiores a los 3000 m.

Fig. 1. Localización de los ataques y de las 5 catas.
Fuente: Louis Marras, 1989¹
Cuando el Long Lines, uno de los mayores cableros del mundo, terminó el tendido de los 125 km de cable, los problemas apenas tardaron un mes en aparecer. El 17 de octubre los monitores avisaron de un fallo de transmisión a unos 10 km de Tenerife, en torno a los 1000 m de profundidad. Fallos similares se produjeron el 31 de enero y el 13 de marzo de 1986 y el 2 de abril de 1987. Los técnicos de la AT&T estaban desconcertados, pues en todos los casos la causa había sido las mordeduras de tiburón. Los dientes clavados en diferentes puntos de la cubierta de poliuretano de los tramos de cable que habían sido dañados no dejaban lugar a dudas. Por extraño que parezca, nunca antes se les había presentado este problema a lo largo de los miles y miles de kilómetros de cable submarino que la compañía llevaba instalados en todo el mundo.

La cosa era grave. Por un lado estaban los costes de cada reparación, que no eran precisamente menores incluso para la poderosa AT&T: fletar un cablero, levantar el cable y sustituir el tramo dañado... Un mínimo de 250 000 dólares de entonces para un trabajo que podía demorarse una semana o más dependiendo del tiempo, el estado de la mar y la profundidad. Por el otro, la compañía tenía previsto unir las dos orillas del Atlántico con el cable de fibra óptica TAT-8, un proyecto que debía estar completado para finales de 1988, entre otros planes similares en otros puntos del planeta.

Mandíbulas del tiburón cocodrilo (fuente: R. Meléndez, S. López & E. Yáñez, Investigaciones marinas, 2006²).
Ante esta perspectiva, la AT&T no escatimó esfuerzos y puso en marcha un riguroso programa para evaluar el problema en todas sus dimensiones. Básicamente, se trataba de identificar al culpable o culpables, explicar por qué lo hacían y determinar en qué zonas y a qué profundidades actuaban preferentemente; y sobre estos datos elaborar la estrategia más idónea para evitar que, en lo venidero, los tiburones continuasen destrozando sus cables de fibra óptica, su credibilidad y fiabilidad a ojos de accionistas e inversores, y sus planes de crecimiento.

La segunda cuestión parecía, en principio, la más sencilla de resolver, teniendo en cuenta que estudios in situ con el Optican-1 habían demostrado que los estímulos visuales, acústicos y químicos carecían del más mínimo interés para un tiburón. Con toda probabilidad, el campo eléctrico generado por los cables era el que habría atraído a los tiburones y desencadenado los ataques. Pero los diversos experimentos llevados a cabo no aportaron, desgraciadamente, resultados concluyentes. Probaron a tender un tramo del mismo tipo de cable a 800 m de profundidad en las Bermudas, con cebo y todo, durante 72 horas; luego hicieron pruebas en dos tanques con pintarrojas reticuladas (Scyliorhinus retifer) del Mystic Marinelife Acuarium de Mystic, Connecticut; más tarde lo mismo en dos tanques del Mote Marine Laboratory de Sarasota, Florida, que contenían tiburones limón (Negaprion brevirostris) recién capturados. Resultado: nada a lo que agarrarse. Primer problema para los expertos de la AT&T.
Fig. 2. Optican-1

En cuanto a lo primero, la identidad del saboteador, el examen de las más de 50 piezas dentarias recuperadas trajo una pequeña gran sorpresa. Dos dientes presentaban una cúspide plana con los bordes aserrados y con toda seguridad pertenecían a un carcharhínido, probablemente un jaquetón de ley (Carcharhinus longimanus). Los restantes tenían una cúspide cónica, más o menos fina, alargada y muy afilada; algunos tal vez eran de tiburón duende (Mitsukurina owstoni), pero la gran mayoría correspondían a un pequeño bicho tan extraño e insólito como poco conocido, el tiburón cocodrilo (Pseudocarcharias kamoharai). Los dientes del carcharhínido se encontraron en una parte del cable próxima a Gran Canaria donde no se había producido fallo alguno, y seguramente se habían desprendido en un único mordisco; por otro lado, el rango batimétrico de especies como el longimanus raras veces va más allá de los 200 m, y los fallos se habían producido a profundidades bastante superiores. Todo ello dejaba un único culpable: el Pseudocarcharias. Segundo problema, y no precisamente el menos importante.
 
Foto: raulsinho r, tomada de FishBase.

El tiburón cocodrilo no es una especie de hábitos bentónicos, sino mesopelágica. Suele vivir lejos de la costa, desde la superficie hasta posiblemente más abajo de los 600 m (sus grandes ojos delatan que es un depredador adaptado a la penumbra). Es un potente nadador que con toda probabilidad realiza migraciones verticales, como muchas especies de aguas profundas. Así pues, lo primero que se pensó fue que los ataques habían ocurrido mientras bajaban el cable, en aguas intermedias, y el fallo de transmisión se habría producido tiempo después debido al rápido deterioro de la cubierta. Pero las pruebas realizadas con cable dañado y sumergido en un entorno controlado descartaron esta posibilidad. Ya solo quedaba una opción: los tiburones habían mordido tramos de cable que habían quedado suspendidos sobre el fondo, sobre alguna roca, grieta o cualquier otro accidente del relieve; y probablemente no había habido un único factor desencadenante de los ataques, sino varios: el campo electromagnético, las vibraciones del cable tensionado entre dos puntos... Difícil decidirse.
Fig. 3. Cable FBP.

La único que tenían bien claro los expertos de la AT&T era que tanto el Optican-1 como los siguientes prototipos para aguas profundas debían llevar una protección extra contra las mordeduras de tiburón. Y tras dar unas cuantas vueltas a unas cuantas posibilidades, optaron por un sistema de doble capa de lámina de acero (véase fig. 3). Tercer problema: esto multiplicaba sobremanera el coste del producto, era inviable reforzar la totalidad de un tendido que podía llegar a tener varios miles de kilómetros (recordemos que la mirada de la AT&T estaba centrada en el inminente proyecto del cable transatlántico TAT-8, el Optican-1 no era más que un ensayo). Se imponía investigar qué tramos necesariamente debían llevar esa protección extra y cuáles no. Con los datos en la mano, quedaban eliminados los que se encontraban en aguas de la plataforma, que no habían sido objeto de ataques... pero quedaba el talud... y todo lo demás. Casi nada.

Hacia finales de 1986 la AT&T organizó una expedición de 9 semanas con un equipo internacional de biólogos marinos para muestrear tanto el recorrido del Optican-1 como la zona de la dorsal Atlántica por donde pasaría el TAT-8, aproximadamente a la altura de las Islas Británicas. Como os podéis imaginar, el objetivo era averiguar qué especies potencialmente "dañinas" había en cada zona y a qué profundidades se encontraban preferentemente. Y aquí tenéis el resultado:
Fuente: Louis Marras, IEEE Journal of Oceanic Engineering, 1989.
En Canarias se realizaron 5 catas (números 1-C al 5-C, cuya localización encontraréis arriba en la figura 1) en las que se capturaron un total de 175 tiburones pertenecientes a 8 especies distintas: pailonas (Centroscymnus coelolepis), viseras (posiblemente Deania calcea), quelvachos (Centrophorus granulosus), tollos raspa (Etmopterus princeps), negras (Dalatias licha), dos musolones (Pseudotriakis microdon) uno de ellos cuyo contenido estomacal incluía una pera, patatas cocidas, una lata de refresco portuguesa y un paquete de tabaco, cañabotas (Hexanchus griseus), y un bicho que podía ser un tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), o quizá un dormilón (Somniosus rostratus), el único tiburón capturado en la franja de los 3000 m... Tiburones cocodrilo, ¡ni uno!
En la dorsal atlántica fueron 4 catas con un resultado un poco más pobre: una pailona, un tiburón de Groenlandia y un quelvacho, éste en torno a los 3100 m, y por supuesto ningún cocodrilo, como era de esperar, dado que su distribución no llega hasta esas latitudes.

Foto: PIRO-NOAA, tomada de Wikipedia.
Como se ve, la mayoría de las capturas se realizaron en una amplia extensión vertical comprendida entre los 500 m y los 2500 m, seguramente más amplia de lo deseable para la AT&T. Algunas especies podían considerarse saboteadores en potencia, si bien el culpable de verdad logró escapar sin dejar rastro, quizá junto con quién sabe qué otros compinches no identificados. La recomendación de los expertos fue tender el cable reforzado el denominado cable FBP, 'fishbite-protected'en los tramos del talud americano y europeo comprendidos entre los 1000 y los 2600 m, pues tanto en las llanuras abisales como en los primeros centenares de metros desde la superficie, el peligro de ataques era muy reducido, y, en todo caso, el coste de una eventual reparación compensaba con creces la elevadísima inversión en muchos kilómetros de cable FBP.

Y aquí termina la historia. La conexión atlántica a través del TAT-8 se inauguró, como estaba previsto, en diciembre de 1988 y se mantuvo en servicio hasta el año 2002, parece ser que sin contratiempos. Por lo que respecta a los tiburones, podemos extraer dos notas positivas de todo esto. La primera es que gracias a la expedición patrocinada por la AT&T los científicos pudieron comprobar que en las Canarias los tiburones de aguas profundas son más numerosos y variados de lo que se creía, además de demostrarse que probablemente la distribución del tiburón de Groenlandia llegaba hasta zonas tan meridionales como el norte de África. La compañía tuvo el buen gusto de entregar los ejemplares capturados a diversos organismos científicos para su estudio y catalogación, ampliando así nuestro campo de conocimiento.
La segunda es una apreciación de índole personal: constatar lo reconfortante que resulta saber que un minúsculo y puñetero bicho todavía es capaz de poner en jaque a toda una moderna, eficiente y todopoderosa multinacional.

Definitivamente, el tiburón cocodrilo es un bicho la mar de simpático; es imposible que pueda caerle mal a nadie.

Foto: NOAA Observer Program.

Pero no perdamos la perspectiva. Por muy encantador que nos resulte, debemos agradecer a los dioses que el Pseudocarcharias kamoharai no suela sobrepasar el metro de longitud, porque es uno de los tiburones más feroces y obstinados que existen, mucho más que su cinematográfico primo, el tiburón blanco, con el que guarda cierto parecido (no en vano pertenecen al mismo orden, Lamniformes). Dicen que en Cape Point, Suráfrica, una vez lograron capturar un ejemplar solo porque había saltado fuera del agua persiguiendo el cebo. Es un bicho extraordinariamente combativo y voraz, incluso desde antes de nacer: dentro del útero de su mamá no solo practica la oofagia, sino también, se cree, el canibalismo intrauterino con sus hermanos y hermanas (son ovíparos aplacentarios), dando lugar a camadas reducidas de alrededor de cuatro crías (el hecho de que no se acaben matando entre ellas hasta quedar una sola por útero es para algunos un auténtico misterio). 
Única especie de su familia, Pseudocarchariidae, el nombre parece ser la traducción del japonés Mizu-wani, que viene siendo algo así como 'cocodrilo de agua', tal vez debido a sus dientes largos y prominentes, y quizá también porque al ser capturados se revuelven y lanzan dentelladas a diestro y siniestro produciendo un característico chasquido como el de aquellos reptiles. Quién sabe. Por si acaso, que se queden donde están y no les dé por acercarse a tierra a morder bañistas.

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¹Roberto Meléndez, Sebastián López & Eleuterio Yáñez (2006). "Nuevos antecedentes de Pseudocarcharias kamoharai (Matsubara, 1936) (Chondrichthyes: Lamniformes: Pseudocarchariidae) off Northern Chile". Investigaciones Marinas, vol. 34, nº 2.
²Louis Marra (1989). "Sharkbite on the SL Submarine Lightwave Cable System: History, Causes, and Resolution". IEEE Journal of Oceanic Engineering, vol. 14, nº 3.

viernes, 23 de enero de 2015

Bioluminiscencia I: Los fotóforos

Negrito (Etmopterus spinax). Foto: Rudolf Svensen.

La bioluminiscencia es la generación de luz de forma natural (no valen linternas) por parte de un organismo vivo. En tierra tenemos el ejemplo de las maravillosas luciérnagas; en el mar, además de las bacterias bioluminiscentes responsables del mar de ardora, la lista incluye diversas especies de medusas, cefalópodos, crustáceos y teleósteos... y por supuesto, tiburones, y además en un lugar destacado.
Al menos el 10% de todos los tiburones conocidos poseen órganos bioluminiscentes. Todos ellos son especies de aguas profundas, habitantes de la zona de penumbra, adonde apenas llega un casi imperceptible resto de luz, o bien de la noche más cerrada. Tenemos, por un lado, a los llamados, justamente, "tiburones linterna", pertenecientes a la familia Etmopteridae, una de las más extensas, con casi 50 especies; y, por el otro, a unos cuantos miembros de la familia Dalatiidae, como los famosos tiburones cigarro (género Isistius). Ambas familias incluidas en el orden de los Squaliformes.

La luz se produce en unos diminutos órganos redondeados denominados fotóforos. Miden alrededor de 0,15 mm y se encuentran en el vientre, flancos y aletas del tiburón, en ocasiones formando amplias manchas oscuras o negras claramente perceptibles a simple vista. En un solo ejemplar puede haber hasta 500 000 fotóforos, más que en cualquier otro animal bioluminiscente conocido.

Etmopterus spinax. Las franjas oscuras del vientre, el costado encima de las aletas pélvicas y en el pedúnculo caudal están cubiertas de fotóforos. (Foto: Pedro Niny Duarte (c) ImagDOP.)
En los peces, únicos vertebrados bioluminiscentes, los fotóforos pueden contener bien fotocitos controlados directamente por el sistema nervioso (fotóforos intrínsecos), o bien bacterias simbióticas, donde el control de la luminosidad se realiza de forma indirecta, por ejemplo mediante oclusión mecánica (fotóforos extrínsecos).
Los fotóforos de los tiburones son intrínsecos, si bien su mecanismo de control es bastante más complejo que en los teleósteos: se trata de un sistema dual consistente en la acción combinada de hormonas y neurotransmisores (o neuromoduladores)¹, sistema que, pese a haber sido objeto de numerosos estudios a lo largo de estos últimos años, todavía esconde cuestiones sin resolver, lo cual da idea de su sofisticación. Buena parte de estas investigaciones se han basado en uno de los etmoptéridos más comunes, el negrito (Etmopterus spinax), de modo que no os extrañe que una y otra vez se le cite como ejemplo.

Estructura de un fotóforo. El fotóforo de un tiburón consiste básicamente en un conglomerado de fotocitos células generadoras de luz² envuelto en una capa de pigmento y rematado en una o dos lentes. En los etmoptéridos, el número de fotocitos por fotóforo oscila entre 5 y 16, mientras que al menos en ciertas especies de dalátidos, solo hay uno.
Un reciente trabajo³ ha puesto de manifiesto que esta aparente simplicidad esconde una estructura más compleja, con elementos cuya función todavía no acabamos de comprender. De él hemos tomado la reconstrucción del fotóforo de un negrito (Etmopterus spinax) que aparece más abajo y que vamos a comentar.
La figura A muestra el fotóforo al completo: sobre la capa de pigmento (PS) que envuelve los fotocitos, observamos un conglomerado de dos tipos de células (CT I y CT II) que culminan en un cristalino (L) —son el elemento de transición entre el cristalino y los fotocitos. No se sabe muy bien cuál puede ser la función de estas células, aunque se cree que con toda probabilidad están de algún modo implicadas en el control de la emisión lumínica.
El cristalino, formado por una o dos células de gran tamaño las más grandes del fotóforo tiene forma convexa y está perfectamente diseñado para concentrar y enfocar la luz que se emite al exterior.
La capa de pigmento está compuesta por dos tipos de células: células planas y alargadas que impiden el paso de la luz al exterior y a la dermis, y células ramificadas que, según parece, conformarían un mecanismo que funciona de forma parecida a un iris; es decir, con capacidad de estirarse o contraerse mecánicamente para cerrar o abrir el paso de la luz, probablemente bajo el estímulo de las mismas hormonas que intervienen en el control lumínico.
Fuente: Marie Renward et al., Zoomorphology, 2014.
Si retiramos la capa pigmentaria (figura B), lo que nos encontramos es una capa reticulada (RL), recientemente descubierta, compuesta por células planas agrupadas formando una estructura poligonal que, según se sospecha, podría servir para modular y ajustar la luz al entorno físico actuando como un filtro o un reflector.
Finalmente, bajo la capa reticulada (figura C) se encuentran los fotocitos (Ph), los cuales, tal como se observa en la figura D, no están dispuestos de manera aleatoria, sino claramente orientados hacia el centro del fotóforo, bajo las lentes.

El funcionamiento de los fotóforos. Como decíamos al principio, los fotóforos están controlados por hormonas, que hacen que los melanóforos (células pigmentarias) cubran o descubran los fotocitos.
Se cree que, aun cuando los fotóforos están inactivos, los fotocitos mantienen un brillo permanente de poca intensidad gracias al flujo de bajos niveles de prolactina y melatonina. Para evitar emisiones de luz no deseadas, un potente neurotransmisor, el ácido gamma-aminobutírico (GABA, para los amigos), estimula la expansión del pigmento de los melanóforos que envuelven los fotocitos (flechas verdes en el primer diagrama de la figura B).
FIGURA A: Corte transversal de un fotóforo. Las flechas indican la acción de las diferentes sustancias implicadas en la fotogénesis: melatonina (MT) y prolactina (PRL), activadores; ácido gamma-aminobutírico (GABA) y alfa-MSH, inhibidores; óxido nítrico (NO), modulador. BS, seno sanguíneo; L, lente; P, melanóforo; PH, fotocito; PS, cubierta pigmentada.
FIGURA B: Etapas del funcionamiento de los fotóforos. (1) Inactivos; (2) Encendido; (3) Modulación; (4) Apagado. CT, tejido conectivo; E, epidermis; PL, capa pigmentada. (Fuente: Claes & Mallefet, Communicative & Integrative Biology, 2011.)
1) Encendido. En el encendido del fotóforo intervienen las dos hormonas citadas, la prolactina y la melatonina. La primera, segregada por la glándula pineal, activa una luz que dura varias horas, pero de encendido más lento; mientras que la segunda, producida por la glándula pituitaria, provoca una luz de encendido rápido —llega a su máxima intensidad al cabo de 20 minutos pero de duración más corta, apenas una hora. Al mismo tiempo, ambas hormonas contrarrestan la acción del GABA provocando la retracción del pigmento que cubre un extremo de los fotocitos.
Se cree que el empleo de una u otra hormona está relacionado con diversos patrones de comportamiento. Así, la prolactina sería la responsable del sistema de camuflaje conocido como contrailuminación (esto es, difuminar la silueta del animal contra la luz que llega de la superficie); mientras que la melatonina tendría que ver con comportamientos o actividades de más corta duración: cortejo, caza, algún tipo de comunicación intraespecífica, etc., como veremos en el siguiente capítulo.

Muestra de piel de un Etmopterus spinax antes y después de la estimulación hormonal de los fotóforos, que, en la fotografía de la derecha, se encuentran a su máximo nivel de luminosidad. La flecha blanca señala un dentículo dérmico de referencia. La barra de escala representa 2 cm. (Fuente: Claes & Mallefet, Biology Letters, 2010).
Vista ventral de un negrito con todos los fotóforos "encendidos". (Foto: Jérôme Mallefet).
2) Modulación. La efectividad de este sistema bioluminiscente requiere un mecanismo de ajuste y sincronización rápido y preciso, uno de cuyos componentes principales es el óxido nítrico. Su función es regular la acción de las dos "hormonas del encendido": por un lado, acelera el efecto de la melatonina (el fotóforo tarda menos en alcanzar la máxima intensidad de brillo); por el otro, disminuye la amplitud de la luz generada por la acción de la prolactina.
Además del óxido nítrico, se ha demostrado que los fotóforos del negrito están inervados, es decir, contienen fibras nerviosas que alcanzan varios de sus componentes, como fotocitos, células pigmentarias, lentes. La función y alcance de estas fibras nerviosas está todavía por determinar, aunque posiblemente están relacionados con la modulación y la sincronización, habida cuenta de que también conectan fotóforos entre si.

Fotóforos de un negrito (Etmopterus spinax). Las flechas blancas señalan las fibras nerviosas y la flecha amarilla una fibra nerviosa que conecta dos fotóforos. (Fuente: Claes et al., Journal of Experimental Biology, 2010.
3) Apagado. El "apagado" se realiza mediante la acción de la hormona alfa-MSH, que induce la dispersión del pigmento de los melanóforos que cubren los fotocitos. Es probable que en este proceso también intervenga el GABA.

En el próximo capítulo hablaremos de los usos que los tiburones dan a esta sorprendente capacidad de brillar en la oscuridad.

Claes y Mallefet consideran que este modo de control hormonal de los fotóforos tiene su origen en el mecanismo que determinados elasmobranquios de aguas someras utilizan para regular el funcionamiento de sus cromatóforos cuando deben variar su color para camuflarse con el entorno. En el momento que emprendieron la colonización de las aguas profundas los tiburones no tuvieron más que adaptar un sistema ya inventado y de efectividad contrastada. Probablemente fueron los miembros de la familia Dalatiidae quienes primero adoptaron este sistema cuando se animaron a trasladarse hacia la zona pelágica, una vez que la extinción masiva del Cretácico-Terciario (hace unos 65 millones de años) la había dejado limpia de depredadores; poco después los etmoptéridos se separaron y emprendieron su propio camino hacia aguas más profundas añadiendo pequeños retoques en el mecanismo para poder utilizarlo también como un sistema de señales que les permitiese enviar mensajes tanto a amigos como a enemigos, como veremos en el siguiente capítulo.

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¹Julien M. Claes y Jérôme Mallefet (2011). "Control of luminiscence from lantern shark (Etmopterus spinax) photophores". Communicative & Integrative Biology, 4:3. 251-253, doi: 10.4161/cib.4.3.14888.
²Abreviando un poco la cuestión,  la luz es la energía que se libera como consecuencia de una reacción química, la oxidación de una proteína llamada luciferina catalalizada por la enzima luciferasa.
³Véase Marine Renwart, Jérôme Delroisse, Julien M. Claes, Jérôme Mallefet (2014). "Ultrastructural organization of lantern shark (Etmopterus spinax Linnaeus, 1758) photophores". Zoomorphology, doi: 10.1007/s00435-014-0230-y. 
Al parecer, estas células presentan apéndices a modo de pseudópodos que se extienden en tres direcciones para bloquear el paso de la luz. Ibid.
Julien M. Claes, Jenny Krönström, Susanne Holmgren, Jérôme Mallefet (2010). "Nitric oxide in the control of luminiscence from lantern shark (Etmopterus spinax) photophores". Journal of Experimental Biology 213, 3005-3011, doi: 10.1242/jeb.040410.
Julien M. Claes, Jérôme Mallefet (2010). "The lantern shark's light switch: turning shallow water crypsis into midwater camouflage". Biology Letters, 6, 685-687, doi: 10.1098/rsbl.2010.0167. 
Julien M. Claes, H. C. Ho & Jérôme Mallefet (2012). "Control of luminiscence from pygmy shark (Squaliolus aliae) photophores". Journal of Experimental Biology, 215, 1691-1699, doi: 10.1242/jeb.066704.


miércoles, 14 de enero de 2015

Tiburón anguila en O Grove

Chlamydoselachus anguineus en la lonja de O Grove. Foto: Toño Maño.

"Tengo un Chlamydoselachus en O Grove, voy esta tarde a por él, si quieres venir llámame."
(SMS recibido el viernes 9 a las 11:55)

Os podéis imaginar que el condicional "si quieres venir" era del todo innecesario. El tiburón anguila es una especie tremendamente difícil de encontrar en las lonjas. Los pocos ejemplares que cada año caen por accidente en un aparejo (tal vez alrededor de 10 en toda Galicia) casi nunca llegan a puerto, se suelen devolver al mar, de modo que la posibilidad de ver uno depende bien de un golpe de suerte, bien de tener buenos contactos entre patrones y mariñeiros... y por supuesto, como era mi caso, con un científico con capacidad para sentir cierta empatía por las chifladuras del prójimo. A las 18:00, tras unas horas que parecieron días, allá estaba en la lonja, junto a Rafael Bañón, uno de los taxónomos más importantes de nuestro país y buen amigo, esperando a que abriesen la cámara donde se lo tenían guardado. Él estaba tranquilo porque ya llevaba visto varios; yo, a punto de reventar de impaciencia, porque uno de mis sueños iba a hacerse realidad.
Y al fin lo sacaron, en una caja de plástico que dejaron en el suelo. La cabeza sobresalía por una esquina, la cola por la otra: era una hermosa hembra de 177 cm (más tarde la mediríamos). La había capturado con miños el Chapeliño a unas 12 millas de la costa, en una cota de 695 m. Enseguida se acercaron varios curiosos a preguntar qué era eso y a hacerle fotos con el móvil. Y mientras Rafa charlaba con el patrón, yo también me puse a ello. Mi primera fotografía es la que encabeza este artículo.


Una joya ictiológica. El Chlamydoselachus no decepciona. Aunque uno lo haya visto y revisto en docenas de fotografías e imágenes de vídeo, tenerlo físicamente delante de tus ojos y poder tocarlo y observarlo con detenimiento, a tu antojo, es una experiencia que difícilmente podré olvidar. Su aspecto, de una extraña belleza, a duras penas encaja dentro de la categoría de lo que hoy conocemos genéricamente como "tiburones"; podríamos describirlo como una cabeza de saurio encajada en un cuerpo anguiliforme, muy esbelto y alargado, como uno de estos animales imposibles surgido de las páginas de un bestiario medieval. Solo en una segunda mirada empezamos a reconocer elementos que nos resultan familiares: las seis enormes aberturas branquiales, con el primer par rodeando la cabeza por abajo, y las aletas: una dorsal bastante reducida en posición muy retrasada, las dos pectorales, también pequeñas, las pélvicas, la anal (estas tres bastante grandes), y la caudal larga y abatida.
Aunque suena a tópico, lo primero se me vino a la cabeza fue que lo que tenía en las manos era una criatura de otro mundo, de otro tiempo; lo segundo, que era un privilegiado.

Vistas ventral y dorsal de la cabeza.
Fósil viviente. El Chlamydoselachus es el tiburón más primitivo de cuantos existen en la actualidad, seguido muy de cerca por el grupo hermano de las cañabotas¹ (fam. Hexanchidae). De hecho, la extraña forma de su cabeza es similar a la de especies extintas, como las del género Cladoselache², que vivieron nada menos que en el Devónico, hace unos 400 millones de años: morro muy corto y redondeado, boca en posición terminal y mandíbulas muy largas en forma de V, como las de los lagartos, más anchas atrás que delante. Es muy probable que su aspecto no haya cambiado sustancialmente en estos últimos 50 millones de años. No sin razón se le considera un fósil viviente.

Sus dientes son igualmente característicos, únicos entre los tiburones, y muy parecidos (no iguales) a los encontrados en registros fósiles del Cretácico, casi 100 millones de años atrás: cuentan con tres grandes cúspides afiladas como agujas, más una pequeña a cada lado de la central. Están inclinados hacia atrás, hacia el interior de la boca, diseñados para atrapar presas escurridizas como los calamares (un sistema que recuerda al de las poteras). Hay entre 19-28 filas en la mandíbula superior y 21-29 en la inferior. En total, más de 300 dientes blanquísimos, que, según algunos autores, podrían servir como señuelo, para atraer presas potenciales en la negrura del fondo gracias a la suave luminosidad que desprenderían.


Depredador de aguas profundas. El tiburón anguila es un tiburón de hábitos epibentónicos y ocasionalmente epipelágicos que habita las aguas profundas del talud superior continental e insular hasta los 1500 m, y también las dorsales oceánicas. Rara vez visita las aguas someras. Se le ha podido filmar por un vehículo no tripulado nadando muy lentamente a un par de metros del fondo y huyendo a gran velocidad. Su enorme hígado, que casi representa el 25% de su peso total, le proporciona flotabilidad neutra. Esto implica que, lejos de perseguir activamente a sus presas con los movimientos ágiles y sinuosos de una anguila, como se creía, la estrategia de caza del Chlamydoselachus posiblemente consista en aproximarse muy lentamente a su víctima para, una vez a la distancia adecuada, abalanzarse sobre ella a gran velocidad, impulsado por sus grandes aletas posteriores, tal como hacen las serpientes. La presa queda firmemente atrapada entre las agujas de las enormes fauces, tan flexibles que son capaces de engullir presas de hasta la mitad de su talla. Los cefalópodos constituyen el componente principal de la dieta de este tiburón, seguidos de pequeños teleósteos y pequeños tiburones de aguas profundas como los pejegatos (Apristurus).
Otro de los rasgos anatómicos que llama la atención es que la línea lateral está como abierta hacia el exterior, no cubierta por la piel. Las células pilíferas del canal están en contacto directo con el agua, lo que permitiría multiplicar su sensibilidad³ para captar el más leve movimiento a su alrededor.


La gestación más larga. El tiburón anguila es vivíparo aplacentario (ovovivíparo). Como todas las especies de aguas profundas, su tasa reproductiva es muy baja. Tiene entre 2 y 12 crías por camada (normalmente unas 6) que nacen al cabo probablemente de más de 2 años de gestación, ¡cifra que Tanaka eleva hasta los 3,5 años! De confirmarse, los efectos del avance de la presión pesquera sobre el hábitat de esta esta especie pueden ser devastadores. La IUCN la considera bajo el estatus de Casi amenazada, tal vez una etiqueta demasiado optimista.
Hace pocos años se produjo la primera captura masiva de tiburones anguila en el Atlántico, concretamente en una montaña submarina de la Dorsal Atlántica situada al norte de las Azores (44º 00' N, 28º 37' W). Fueron nada menos que 34 ejemplares en un solo lance, 15 machos y 19 hembras de entre 122-163 cm y 129-162 cm, respectivamente. Esto significa que (1) habían dado con una zona de apareamiento, y (2) que al menos un par de poblaciones de Chlamydoselachus han quedado truncadas para siempre.
Zona de captura.

Dos metros de tiburón. Al nacer, miden en torno a 39 cm. Los machos son maduros hacia los 92-163 cm y las hembras entre los 130-135 cm. Y si les dejan pueden llegar a alcanzar casi los dos metros de longitud. Nuestra tiburona se encontraba, pues, en toda su plenitud reproductora. Una pena.

No es raro en el mar de Galicia. El Chlamydoselachus tiene una distribución amplia aunque localizada en casi todos los mares del mundo. No es una especie rara en Galicia, aunque sí poco frecuente, como decíamos al principio. El patrón del barco nos confirmó que todos los años capturaba algún ejemplar. En la parte de Cedeira, por ejemplo en la Selva, también se han cogido unos cuantos. Seguramente tenemos en nuestras aguas una población estable de esta joya de la naturaleza. A ver cuánto nos dura.

Después de hacerle una buena sesión de fotos (la mayoría malísimas), cargamos el tiburón en el coche de Rafa y nos tomamos un par de cañas en un bar del puerto antes de despedirnos. Charlamos de peces, de tiburones, e hicimos cuentas de los barriles de caña que ya le debo (no se lo dije, pero mi deuda con él supera varias veces todo mi PIB, hasta el punto de que ya es objetivamente impagable y habrá que proceder a una reestructuración masiva si quiere cobrar algo). Él sigue insistiendo en que me equivoqué de oficio... y la verdad, en momentos como este... casi le doy la razón.



[Para saber más sobre este extraordinario tiburón, véase Tiburón anguila (Chlamydoselachus anguineus), con fotos de otros ejemplares capturados en aguas de Galicia.]

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¹Dentro del orden Hexanchiformes, que es el más primitivo, el Chlamydoselachus (fam. Chlamydoselachidae) sería especie hermana de las demás (fam. Hexanchidae): Notorynchus, Heptranchias, Hexanchus griseus y Hexanchus nakamurai, por orden evolutivo. La divergencia entre ambas pudo haber tenido lugar hace unos 78-88 millones de años. Véase el interesante trabajo de Keiko Tanaka, Takashi Shiina, Taketeru Tomita, Shingo Suzuki, Kazuyoshi Hosomichi, Kazumi Sano, Hiroyuki Doi, Azumi Kono, Tomoyoshi Komiyama, Hidetoshi Inoko, Jerzy K. Kulski & Sho Tanaka (2013). "Evolutionary Relations of Hexanchiformes Deep-Sea Sharks Elucidated by Whole Mitochondrial Genome Sequences". BioMed Research International, article ID 147064, http://dx.doi.org/10.1155/2013/147064
²Los Chladoselachus pertenecen a la extinta familia Chladoseachidae, orden Chladoselachiformes. Este es el aspecto que tendrían:

³Esta característica, también considerada primitiva, se da en otras especies como el tiburón vaca (Notorynchus cepedianus) y el tiburón de clavos (Echinorhinus brucus).
Sho Tanaka, Yoshihisa Siobara et al. (1990) "The Reproductive Biology of the Frilled Shark, Chlamydoselachus anguineus, from Suruga Bay, Japan." Japanese Journal of Ichthyology. Vol. 37, no. 3, pp 273-291.
Véase E. I. Kukuev & V. P. Pavlov (2008). "The First Case of Mass Catch of a Rare Frill Shark Chlamydoselachus anguineus over a Seamount of the Mid-Atlantic Ridge". Journal of Ichthyology, vol. 48, nº. 8, pp. 676-678.


sábado, 3 de enero de 2015

Resumen del 2014


Así como quien no quiere la cosa, Tiburones en Galicia ha cumplido ya tres añitos. Se le ve más alto y guapo (yo creo, aunque tal vez esto sea pasión de padre), y gracias al apoyo de cada vez más amigos y lectores, amenaza con seguir creciendo.

Durante el 2014 publicamos un total de 43 artículos, cinco menos que durante el 2013 (difícil seguir ese ritmo), pero uno más que en 2012. Como siempre, la elección de los temas vino dictada por el capricho personal, el azar y la actualidad, suponiendo que no exista algún tipo de nexo entre estos dos últimos... y, bien mirado, también entre los dos primeros. Y por supuesto también por la tradición, aunque claramente condicionada por la actualidad: como hoy, comenzamos el año con un resumen del anterior ("Resumen del 2013"), al mes siguiente recogíamos las estadísticas de ataques de tiburón ocurridos durante el año anterior ("Ataques 2013"), y unos días más tarde resumíamos las cifras oficiales de desembarco de tiburones publicadas por la Autoridad Portuaria de Vigo ("Lonja de Vigo: Estadísticas 2013"), tal como tenemos previsto hacer también en este 2015.

El capricho y el divertimento personal están detrás de un puñado de posts dedicados a analizar un modelo de comportamiento que nunca deja de asombrarnos, los saltos fuera del agua: "El salto del brevipinna", "El salto del ditropis", "El salto del oxyrinchus" y "El salto del vulpinus"; o el puro placer de comentar la extraordinaria e insólita fotografía de un tiburón blanco en el momento de perder uno de sus dientes ("Un diente entre 50 000"). Al comportamiento en sentido estricto dedicamos un solo artículo donde resumíamos las conclusiones de un estudio que demostraba como la  personalidad individual de un tiburón puede llegar a condicionar de algún modo su comportamiento social ("Tiburones con personalidad"). 

Tres artículos tuvieron como protagonistas, no a tres tiburones, sino a tres personas: una de ellas porque nos acababa de dejar ("De cuando Suárez vino a pescar tintoreras"); las otras dos por algún tipo de aniversario: aprovechando el centenario de la creación del Instituto Español de Oceanografía, hablamos de su fundador a través de una pequeña anécdota con un tiburón peregrino y dos infantes de España ("Odón de Buen y un peregrino"); y recordamos al pionero del estudio de los tiburones en nuestro país al cumplirse 10 años de su muerte ("En recuerdo de J. A. Moreno"). La casualidad (o acaso la Historia) quiso que los tres compartiesen un rasgo con el que este país premia a todo aquel súbdito que haya destacado en algo: el olvido, en vida y en la muerte. Curioso, a que si.

Volviendo a los tiburones, no hay duda de que el asunto más importante y urgente es el de la problemática de su conservación y de la gestión de los recursos pesqueros. En este sentido, el 2014 fue, para variar, un revoltijo de contradicciones y de buenas y malas noticias: por un lado, conocimos el acuerdo para crear un fondo de más de 6000 millones de euros destinados a financiar la pesca a gran escala ("Nuevo Fondo Europeo para la Pesca 2014-2020"), y, por otro, la aprobación de medidas de protección por parte de la CMS, la UE y la NEAFC, siempre con un regusto amargo ("Dos buenas noticias y media"). Detrás, el terrible dato de que el 25% de los elasmobranquios del océano se encuentra en grave peligro, según el tremendo informe del Shark Specialist Group de la IUCN ("En peligro la cuarta parte de los tiburones y rayas del mundo"). Las causas ya las sabéis: la sobrepesca y el comercio de aleta, el finning y la contaminación. Sobre esto último, si el presente es de espanto, el futuro no es precisamente esperanzador: la creciente acidificación del océano va a afectar el comportamiento y capacidad olfativa de los tiburones ("Acidificación y supervivencia"). Del finning nos ocupamos en "Finning en Bentota (Sri Lanka)", traducción de un artículo de Marco Ferrarese publicado en Roads & Kingdoms.
Por lo que respecta al tema de la estadística y el cálculo poblacional, parece que en algunos casos los científicos no se ponen de acuerdo. Nos hemos encontrado  con un curioso trabajo que multiplicaba por 10 el cómputo de tiburones blancos realizado tan solo 3 años antes, en 2011 ("200 o 2000 tiburones blancos en California").

Tintorera (Prionace glauca). Foto: Isaías Cruz.
Este año publicamos ocho monográficos sobre las especies presentes en aguas de Galicia, y ya solo nos quedan 20 para completar la lista [véase Tiburones de Galicia]. Por orden de aparición:
  • Visera áspera (Deania hystricosa).
  • Pailona (Centroscymnus coelolepis).
  • Olayo (Galeus melastomus).
  • Jaquetón de Milberto (Carcharhinus plumbeus).
  • Zorro negro (Alopias superciliosus).
  • Pejegato narizón (Apristurus melanoasper).
  • Tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus).
  • Tollo raspa (Etmopterus princeps).
Se da la casualidad que dos de ellos ocupan el primer y segundo puesto en la clasificación de tiburones que viven a mayor profundidad: hasta 4500 m el tollo raspa y casi 3700 m la pailona.

Hemos añadido tres artículos al apartado de claves de identificación, uno dedicado a los marrajos ("Claves de la familia Lamnidae (marrajos)"), otro a las cornudas o tiburones martillo ("Cabezas de martillo (fam. Sphyrnidae)") y el tercero a los zorros marinos ("Colas de zorro (fam. Alopiidae)"). Y también hablamos de un grupo de pequeños tiburones de fondo tan fascinantes como difíciles de identificar, los pejegatos ("Apristurus en Galicia"), aprovechando la reciente publicación de un trabajo sobre la presencia de tres especies en nuestras aguas.

Si de taxonomía hablamos mucho, de cuestiones relacionadas con la biología este año nos hemos quedado un poco cortos. Empezamos la serie dedicada al sistema sensorial ("Los sentidos I: El cerebro" y "Los sentidos II: Olfato y gusto"), que esperamos terminar a lo largo de este 2015, y recogimos las sorprendentes conclusiones de un trabajo sobre la biología reproductiva del tiburón blanco, que concluía que estos animales podían llegar a vivir más de 70 años ("Edad y tasa de crecimiento del tiburón blanco"). Relacionado con lo anterior, también hablamos del extraordinario caso de un ectoparásito aficionado a ciertas especies de aguas profundas ("Anelasma, el percebe parásito") y de qué manera es capaz de mermar su capacidad reproductiva.

El conocimiento y actitud de los hombres hacia los tiburones a lo largo de la Historia es importante, no solo en si mismo, sino para comprender los problemas del presente y evaluar con más exactitud su situación actual. De ahí que demos tanta importancia al apartado de Archivo y Documentación. Este año nos hemos ido directamente a las fuentes, empezando nada menos que por el padre de las Ciencias de la Naturaleza, Aristóteles ("Los tiburones según Aristóteles (I)", "Los tiburones según Aristóteles (II)"), y siguiendo con Plinio el Viejo ("Los tiburones según Plinio"). Acercándonos ya a nuestros días, recogimos un pequeño reportaje publicado a principios del siglo pasado en una revista ilustrada nacional en el que podemos comprobar con qué ecuanimidad se habla de estos animales ("La vida de los tiburones (1905)"), aun siendo conscientes de su peligrosidad y, en consecuencia, de la conveniencia de idear artilugios con que defenderse de ellos cuando se está bajo el agua ("La espada antitiburones"). En "Vieja noticia sobre un nuevo tiburón duende", publicamos un delicioso artículo de 1910 que daba cuenta del descubrimiento de lo que se creía una nueva especie de tiburón duende, el Scapanorhynchus jordani. Sobre la presencia de tiburones en Galicia, en "Un ataque, una persecución y una pesca" reproducimos tres protestas de mar de principios del XIX que hablan, justamente, de un ataque, de un tiburón que va detrás de un buque y de la pesca de mielga en Pontevedra. Los tres textos pertenecen a la colección Blanco-Cicerón y fueron amablemente cedidos por Jorge Cicerón.

Por último, para completar el año, dos artículos que no terminan de encajar en ninguno de los apartados anteriores. El primero habla de como era la Tierra (y los tiburones) en el Carbonífero, hace 350 millones de años ("Una cápsula-huevo del Carbonífero y una guardería"). El segundo se refiere al presente más actual y puntual, se titula "Una cría de tintorera en Corrubedo", y trata pues de eso, de una cría de tintorera que fotografié en agosto de 2014 en una playa de Corrubedo. Sorprendentemente, ha sido el artículo más visto y exitoso de todos cuantos he publicado hasta el momento: en pocas semanas se metió el noveno puesto de Entradas más populares (ahora mismo lleva más de 2500 vistas).

Pero lo más extraordinario y reconfortante de todo es que hemos superado con creces las 200 000 visitas. Cada vez sois más los que os pasáis por aquí, os suscribís al canal de Youtube, e incluso os animáis a participar (tenemos más de 800 seguidores en Facebook y 69 en Google +).

Así pues, muchísimas gracias por vuestro apoyo y confianza. Y que el 2015 nos sea propicio y venga cargado de cosas buenas y bellas.

Marrajo (Isurus oxyrinchus). Foto: Antón Parada.

AGRADECIMIENTOS: Como viene siendo tradicional, no puedo cerrar este resumen sin siquiera una breve nota de agradecimiento a todas aquellas personas y grupos que desinteresadamente han ayudado a que este blog sea mejor y de más calidad. Agradecer las fotos cedidas por la CEMMA, la SGHN (y Juan Ignacio), Tucho Parada, Jacobo Alonso, Pedro Niny Duarte, George T. Probst, Matt Wallace, Alex Mustard, Antonio Punzón, Joe Romeiro, Remo Sabatini, Juan Gabriel Mata, Gorka Ocio, José Torre Busto y José Luis Rodríguez Muñiz, y los que me dejo; las fotos, información y aliento del maestro Rafael Bañón y de Gonzalo Mucientes, dos grandes; mi agradecimiento también a Jorge Cicerón por la transcripción y envío de los tres textos de la Colección Blanco-Cicerón, y a Nathan Thornburgh, editor de la revista Roads & Kingdoms y a Marco Ferrarese, el autor, por su autorización para la traducción y publicación del artículo "Bloothbath at the Bentota Fish Market" y de algunas de las fotografías de Kit Yeng Chan que lo acompañan.