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martes, 17 de enero de 2017

Lo erróneo de la identificación errónea

Simpática ilustración de Mason Philips titulada "Un error común" sobre un fondo de surfistas en superficie: "Fig. 1: León marino. Fig: 2: Ser humano sobre una tabla de surf. Fig. 3: León marino sobre una tabla de surf."

La teoría de la identificación errónea es ya un clásico en los debates científicos —y no tan científicos— sobre el porqué de los ataques de tiburón, en particular los que tienen como protagonista al tiburón blanco (Carcharodon carcharias) y su supuesta afición por los surfistas. Como sabéis, la idea es que la gran mayoría de los ataques son consecuencia de un error de identificación: el pobre animalico tiene hambre y confunde al surfista con una foca; camuflado contra el fondo, observa una forma que encaja en el perfil de presa que tiene firmemente alojado en el disco duro de su cerebro, y se abalanza sobre ella. Quienes defienden esto argumentan que, vista desde abajo, la silueta de una tabla con un surfista encima, braceando y pataleando, recortada contra la claridad de la superficie, se parece a la de un pinnípedo como, por ejemplo, el elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), uno de sus platos favoritos. Hay quien añade —sorprendentemente— que el gran blanco no tiene una gran agudeza visual y que por añadidura no siempre las condiciones de visibilidad son las más idóneas.
     Sin embargo, pese a su aparente lógica, esta teoría jamás ha sido testada o probada efectivamente, por lo que llama la atención que todavía siga gozando de una amplia difusión y predicamento, tanto más cuanto que, ya desde el primer momento, no han sido pocos los científicos que han manifestado serias dudas y reservas al respecto, empezando por el hecho de que el tiburón blanco tiene en realidad una vista muy buena. Hace pocas semanas se publicaba un interesante trabajo que recoge y actualiza algunos de sus argumentos a la luz de nuevos datos y observaciones. Lleva el elocuente título de "Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds?" ['¿Las mordeduras de tiburón blanco a surfistas son un reflejo de sus estrategias de ataque a los pinnípedos?']¹ y está firmado por Erich Ritter, el tipo aquel tan extravagante al que, como recordaréis, no se le ocurrió mejor idea que meterse entre un grupo de C. leucas para probar no-sé-qué y acabó mordido en una pata justo delante de las cámaras de Discovery Channel, y Alexandra Quester.
     Estos autores analizaron 67 incidentes ocurridos entre 1966 y 2015 en las costas de California y Oregón, en el Pacífico norteamericano, para llegar a la demoledora conclusión de que eso de la identificación errónea es un cuento chino². No existen evidencias de ningún tipo que sustenten esta teoría, más bien al contrario. Ni el tipo de daños causados, tanto a la persona como a la tabla, ni las tallas de los tiburones implicados concuerdan con un ataque con fines depredadores.

Diversos tipos de daños en tablas de surf... y de heridas en algunos pobres leones marinos.
Daños personales y materiales. El 13% de los incidentes analizados terminaron sin que el surfista y su tabla sufriesen apenas algo más que algún rasguño sin importancia, ni siquiera cuando el primero terminó en el agua, y en más del 72% los daños fueron considerados leves o moderados³. En el 21%, el tiburón o bien volvió a morder al surfista o bien reajustó su mordedura inicial; de ellos, el 64% acabaron sin daños o con daños leves. En conjunto, en una escala de 0 a 5, donde 0 indica daños inexistentes y 5 daños absolutos, la gravedad media de las heridas fue de 1,8. ¿Cómo casan estos datos con un ataque en toda regla por parte de un gran tiburón blanco? ¿Por qué tantos supervivientes? Los pinnípedos son criaturas sumamente ágiles —muchísimo más que su cazador— y escurridizas, y el tiburón lo sabe, como sabe también que su ataque debe ser lo más veloz, potente y devastador posible para matarlas o, al menos, inmovilizarlas a la primera, pues de lo contrario, adiós almuerzo.
     Una explicación que suele darse es que tan pronto se produce el contacto con el surfista, la tabla, o ambos —a veces bien encajaditos entre sus fauces—, los afinadísimos receptores químicos dispuestos en distintos puntos de la cavidad bucal detectan el error; el cerebro efectúa el cálculo coste-beneficio, concluye que no merece la pena emplear tanta energía en consumir una cosa tan mala y de tan poca sustancia, y el bicho, decepcionado, la suelta —la escupe—. Todo ello prácticamente en décimas de segundo. Aun aceptando esto, la violencia del encuentro inicial —más bien encontronazo— por fuerza debería causar daños bastante más graves, como los observados en leones marinos que lograron escapar de algún ataque, bien para seguir viviendo, bien para morir, atravesados de dolor, en una playa o sobre las tristes rocas de un islote.
     Otra posible explicación vendría dada por la técnica de caza bautizada en su momento por John McCosker como bite and spit ('morder y escupir'). Tras el brutal ataque, el tiburón suelta su presa y, desde una distancia de seguridad, aguarda hasta que se muera o quede suficientemente debilitada antes de proceder a devorarla con tranquilidad (el tiburón blanco es una criatura muy precavida, y con razón, pues aun herido de gravedad, un león marino adulto puede causar heridas muy serias). Durante este intervalo es cuando el surfista puede ser rescatado y recibir la asistencia médica necesaria. Pero igual que en el caso anterior, las evidencias hablan por si solas: el 76% de los supuestos ataques analizados no habrían servido para incapacitar a un pinnípedo.

En Point Reyes, California. Foto de Scott Anderson.
Tallas. Los tiburones blancos van variando su dieta a medida que crecen. Aunque existen pequeñas diferencias geográficas, en un cálculo conservador se estima que en la parte del Pacífico norteamericano los ejemplares de tallas inferiores a 3,5 m no tienen a los grandes pinnípedos como presas habituales, pues, entre otras cosas, carecen de la velocidad y destreza necesarias para enfrentarse a estos ágiles y fuertes animales, y además sus dientes todavía no han adquirido la forma y estructura necesarias para cortar su carne. Los ataques observados son excepcionales, y siempre a pinnípedos pequeños. Es entre los 3,5 y 4,5 m cuando estos mamíferos marinos comienzan a ser vistos como un alimento posible y deseable y ya se observan ataques, tanto más frecuentes cuanto mayor es el bicho. A partir de los 4,5 m, los pinnípedos son ya parte de su dieta regular.
     Pues bien, solo en 24 de los incidentes analizados se pudo lograr una estimación fiable de las tallas, pero incluso así los datos son reveladores, o al menos dan mucho que pensar: en el 50% los protagonistas fueron juveniles de entre 2,5 y 3,5 m, y en otro 25%, individuos de entre 3,5 y 4,5 m. ¿Cómo se explica esto? ¿Una casualidad, o es que a los jóvenes tiburones también les pone el surf?

¿De verdad que el tiburón blanco es incapaz de distinguir una foca de una tabla de surf con un señor (o señora) encima? El Carcharodon carcharias lleva cazando pinnípedos desde sus mismos orígenes como especie, con toda probabilidad siguiendo la senda abierta por sus padres y abuelos. Por eso cuesta creer que a lo largo de 6 millones de años de evolución paralela un depredador tan eficiente no haya tenido tiempo de forjarse una imagen clara y fidedigna, desde todas las perspectivas posibles, de una de sus presas primordiales, sobre todo porque de ello depende su supervivencia. La vista es un sistema de primer orden que el tiburón blanco emplea para localizar a sus presas y para fijar, por así decirlo, la diana de su trayectoria de ataque. Según se cree, utiliza una especie de búsqueda por imagen: en su cerebro guarda un archivo de imágenes con las que compara cualquier objeto o figura que detecta. Cuando hay coincidencia ataca, si no la hay puede acercarse a investigar, a ver qué es eso, a qué sabe.

Foto de Michael Scholl.
     Por otro lado, la teoría del error de identificación solo parece tener en cuenta observaciones realizadas desde una perspectiva estrictamente vertical. Si os dais cuenta, todos los dibujos, fotos y esquemas ilustrativos muestran una vista de la dichosa tabla de surf, con sus brazos y piernas —normalmente dos de cada— sobresaliendo de sus extremos, como tomada desde unos cuantos metros de profundidad justo en la vertical. Una imagen ideal que no siempre se ajusta a las condiciones impuestas por la realidad, no siempre las presas y las tablas se ofrecen desde esta perspectiva tan perfecta. Así vemos como en los casos estudiados la profundidad media fue de 4 m, con el fondo claramente visible en el 10,7% de los casos, lo cual quiere decir que por fuerza el tiburón debió de ver y aproximarse a sus "víctimas" viniendo desde un ángulo mucho más abierto, desde el cual la famosa silueta ideal se diluye y se convierte en otra cosa, y no desde luego en una foca.

Investigaciones y juegos. Los tiburones blancos son criaturas sumamente inteligentes y, en consecuencia, sumamente curiosas. Se les ha podido observar en infinidad de ocasiones acercándose a investigar, golpeándolos o mordiéndolos, los más diversos objetos, con aproximaciones indirectas u orientadas en función de su forma, tamaño y color, desde los más extraños hasta los más familiares, como los señuelos que imitaban la forma de sus presas. Y siempre el sentido de la vista jugando un papel fundamental.
     Una dieta tan variada y cambiante ontogénicamente hace de la curiosidad una necesidad. El tiburón necesita investigar constantemente, descubrir nuevas fuentes de alimento, encontrar las estrategias más idóneas para detectarlas y cazarlas. Por eso se acerca a los surfistas, golpea sus tablas, los "sopesa" con la boca (el tiburón no tiene manos) y, si no queda satisfecho, los vuelve a morder, a veces orientando la mordida para tratar de apreciar mejor su sabor y su contenido energético. Forma parte de su proceso de aprendizaje. Esto explica por qué la mayoría de las heridas son leves o moderadas y por qué los ejemplares implicados eran juveniles en su mayoría. Pero incluso en aquellos casos donde los daños fueron graves de verdad y además provocados por individuos de gran talla, de 4 a 6 m (un total de 7), la actividad investigadora no se puede descartar del todo. Según los autores, las heridas secundarias, causadas por las reacciones de la víctima, pueden llegar a ser tan severas o más que las del propio mordisco.
     Y no nos olvidemos del juego, uno de los elementos más decisivos en el proceso de aprendizaje de todo gran depredador. Gracias a él, un animal aprende a controlar sus movimientos, a dominar su cuerpo, a practicar y perfeccionar su técnica... aprende, en definitiva, a ser depredador. Por eso los tiburones blancos interactúan, "juegan", con los diversos objetos y bichos que encuentran, tal como se ha descrito. Se les ha visto acercarse a un surfista en súbitas y poderosas arrancadas, pese a tratarse de un objeto desconocido, que después quedaban en nada, o terminaban en un golpe, un roce o un pequeño mordisco. La teoría del juego explica el porqué de ese 50% de juveniles menores de 3,5 m implicados en los supuestos ataques.

     En fin, para concluir, que este artículo ya se nos ha ido bastante de las manos, lo cierto es que no deberíamos hablar de "ataques", sino de encuentros, o si lo preferís, de incidentes, en los que el tiburón no pretendía cazar una presa, sino investigar, aprender jugando, sobre todo los más chiquitines, que es que son un amor.

Los encuentros con tiburones blancos son más numerosos de lo que parece. Lo que ocurre es que la mayor parte pasan desapercibidos; los surfistas regresan a la playa y al chiringuito sonrientes, atléticos y felices... y nunca sabrán que durante unos larguísimos minutos han estado bajo la atenta mirada de un gran depredador. La reciente aparición de los drones nos ha abierto una ventana a una realidad que cada vez más gente desearía no ver. En la imagen, algunas escenas de juveniles investigando diversos tipos de tablas, un kayak y, en el centro abajo, un señuelo en forma de foca (foto: University of California at Davis), más un par de carteles advirtiendo del avistamiento de tiburones en un par de playas de California.

PS: Sobre el juego en los tiburones, podéis consultar este breve artículo sobre un pariente muy cercano del tiburón blanco, el cailón: Los juegos de los jóvenes cailones (Lamna nasus).
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¹La referencia completa es: Erich Ritter & Alexandra Quester (2016). Do White Shark Bites on Surfers Reflect Their Attack Strategies on Pinnipeds? Journal of Marine Biology (1):1-7. http://dx.doi.org/10.1155/2016/9539010.
²Naturalmente, no lo dicen con estas palabras, sino así: "The results presented show that the theory of mistaken identity, where white sharks erroneously mistake surfers for pinnipeds, does not hold true and should be rejected" ('Los resultados que presentamos muestran que la teoría de la identificación errónea, según la cual los tiburones blancos confunden surfistas con pinnípedos, no es cierta y debe ser rechazada').
³Según la escala empleada, los daños leves comprenden laceraciones y pequeñas heridas punzantes en la persona, y arañazos y muescas superficiales en la tabla; los moderados, heridas subcutáneas sin pérdida de tejidos, y, en la tabla, muescas y cortes moderados, en los que el diente penetra hasta la mitad, sin pérdida de material. Tablas y surfistas se valoran conjuntamente, puesto que ambos son percibidos por el tiburón, al menos en teoría, como una unidad, no sabemos si bajo la categoría de "cosa rara", de "bicho raro", o qué (el estudio tampoco lo deja claro).

miércoles, 4 de enero de 2017

Resumen del 2016


Tiburones en Galicia cumple ya 5 añitos. Todo un lustro dando la lata a propios y extraños sobre nuestros maravillosos e incomprendidos bichos. Lo de "dar la lata" es un decir... o tal vez no... pero no importa. Hablar de tiburones es una tarea gratificante en si misma, y además constituye una de las mejores terapias que conozco contra las principales patologías de la vida cotidiana, bien sean de orden moral, social, político, existencial, laboral, etc. (naturalmente, existen otras actividades más placenteras, como algunas en las que todas y todos estamos pensando, pero se ha demostrado que incluso éstas necesitan complementarse con otras para ganar en efectividad). Uno se sienta delante de la pantalla del ordenador, armado con sus notas, sus libros, a veces con un café, whisky o cerveza (el agua también sirve), tal vez un poco de música... y el mundo, con todas sus miserias y ridiculeces, desaparece, las ideas comienzan a fluir y a adquirir forma mediante la escritura, hasta que felizmente, al cabo de unas horas o unos días, considera que el resultado es lo suficientemente digno como para pinchar en el botón que pone "Publicar" sin sonrojarse en exceso.
    Y cuando luego ves que por ahí fuera hay gente a la que no sólo le interesa lo que publicas, sino que incluso disfruta leyéndolo, la satisfacción no puede ser más completa, lo que genera más energía, si cabe, para seguir adelante. Si empezamos el 2016 encantados (y sorprendidos) de haber cruzado la barrera de las 300 000 visitas, ya os imagináis cómo puede uno sentirse al comprobar que estamos a punto de llegar ¡¡a las 500 000!! Un sueño imposible hace 5 años por el que no puedo más que expresar mi más profunda gratitud.
     Por otro lado, cada vez sois más los que se animan a participar enviándonos fotos, vídeos, avistamientos de tiburones en la costa (muy importante esto, sobre todo con las tintoreras)... lo que solo se puede calificar de una manera: un lujazo.

El 2016 vino repleto de promesas... pero también de complicaciones, como ya anunciábamos a principios de año en un resumen similar a este, lo que se tradujo en un número de artículos bastante exiguo para lo que estábamos acostumbrados: nada más que 22, una cifra por lo demás bonita. En un año tan ajetreado, las 24 horas de cada día no dieron para más. Pese a todo, pudimos actualizar varios artículos (¡dándonos cuenta, al mismo tiempo, de los que todavía nos quedan!) y emprendimos un primer intento de organizar los casi 200 que ya llevamos publicados para facilitar su localización y consulta, distribuyéndolos provisionalmente en cuatro bloques: Clasificación y diversidad, Biología, Pesca y conservación, y Documentación y archivos. Como seguro habréis advertido, todavía hay que darle a esto un buen repaso (otro compromiso para este 2017).
   Un punto importante fue la inclusión de un listado visual de rayas y quimeras, que ya iba siendo hora. De este modo, el gran retrato de los Condrictios de Galicia queda al fin concluido. Los tiburones se encuentran al fin en la gran casa familiar de la aldea cálidamente arropados por todos sus parientes, desde los más lejanos hasta los más próximos, como si fuesen a celebrar las fiestas de la patrona con un gran banquete, en el que podrán incluso almorzarse los unos a los otros, siempre con la debida cordialidad y alegría.

Un neonato de tintorera (Prionace glauca) nadando con toda la tranquilidad del mundo en la orilla de la playa de Coroso en un caluroso mediodía de principios del pasado septiembre. Foto amablemente enviada por su autor, Ramón Pérez.
Además de los artículos que de algún modo se han convertido en un clásico (Resumen del 2015, Ataques de tiburón 2015, Lonja de Vigo 2015), sumamos tres monográficos más a la lista de los dedicados a las especies que pululan por nuestras aguas: Alitán (Scyliorhinus stellaris), Visera flecha (Deania profundorum) y Quelvacho negro (Centrophorus squamosus). Y como mucha gente de fuera de Galicia estaba interesada, decidí traducir el artículo que publiqué en 2015 en la revista CERNA, de ADEGA, que por su extensión dividí en dos partes: Los tiburones de Galicia (I) y (II). Siguiendo en nuestro país, hablamos de una de las áreas más ricas en biodiversidad de nuestro océano, nuestra particular selva tropical: el banco de Galicia (En el banco de Galicia).
     Con Gonzalo Mucientes publicábamos al alimón, en nuestros respectivos blogs, un artículo sobre la presencia de neonatos de tintorera en aguas someras de nuestro litoral (Tintoreras en la costa gallega), con el que quisimos, en primer lugar, anunciar la salida, nada menos que en el Journal of Fish Biology, de un trabajo que firmamos junto a Rafael Bañón sobre la sorprendente presencia de neonatos y juveniles en playas y puertos de Galicia durante los últimos veranos, y en segundo, concienciar y animar a la gente a seguir informando de todos aquellos avistamientos de que tuviesen noticia, cosa que logramos, como prueba una de las imágenes que ilustra este resumen.
     Para concluir el apartado referido a Galicia, recogimos en un artículo todo lo que sobre nuestros tiburones tuvo a bien escribir una de las figuras más insignes de nuestra Ilustración, el padre Sarmiento (Fray Martín Sarmiento y las mielgas), durante sus viajes por los pueblos de nuestra costa.

Como siempre nos encanta conocer tiburones de otras latitudes, y cuanto más extraños mejor, dedicamos un artículo a siete especies bastante especiales (Siete tiburones muy particulares): la cabeza de flecha (Eusphyra blochii), el tiburón picudo (Isogomphodon oxyrhynchos), la musola barbuda (Leptocharias smithii), el colayo cabezón (Cephalurus cephalus), el Trigonognathus kabeyai, todavía sin un nombre común oficial en castellano, la mielga suave (Mollisquama parini), y el lanetón (Sphyrna tiburo).
     Las cuestiones biológicas han vuelto a quedarse relegadas a apenas un par de artículos sobre dos aspectos íntimamente relacionados de la morfología externa del tiburón (Aletas: Formas y funciones y Forma corporal y natación) y uno sobre la longevidad de uno de nuestros bichos más especiales, el gran Somniosus microcephalus, que parece que puede llegar a vivir 400 años, según un reciente estudio (La edad del tiburón de Groenlandia).
     En cuanto a la problemática de la conservación y gestión de las poblaciones de tiburones, hablamos de los resultados de la última reunión del CITES (Resultados CITES 2016) con un cierto grado de esperanza y un mucho de escepticismo, y recogimos las preocupantes conclusiones de un trabajo, en el que participa Gonzalo Mucientes, que demuestra hasta qué extremo los grandes tiburones pelágicos como la tintorera y el marrajo se encuentran bajo el radio de acción de la flota del palangre (Tiburones oceánicos y palangreros). Asimismo, también haciéndonos eco de un estudio reciente, explicamos cómo la pesca intensiva, la contaminación y la destrucción de hábitats están transformando profundamente la estructura poblacional de diversas especies de elasmobranquios (Cambios en las poblaciones de elasmobranquios del mar del Norte). Por último hablamos de números, también preocupantes de ser ciertos, a raíz de las alarmantes conclusiones del último y polémico censo de tiburones blancos llevado a cabo en Sudáfrica (El tiburón blanco sudafricano en peligro).
     Continuando con la serie dedicada a los tiburones saltarines, al fin nos centramos en el más famoso y espectacular de todos: El salto del Carcharodon carcharias.
    Y por último, no podían faltar nuestros pequeños viajes en el tiempo para conocer qué decían nuestros tatarabuelos sobre nuestros bichos. De ello tratamos en dos artículos: el primero, con dos textos de 1803 y 1838, sobre la especial relación que mantienen con el pez piloto (De peces piloto y tiburones, 1803, 1838) y el segundo, publicado hace justo un siglo, sobre el fiero carácter del tiburón (Los tigres del mar (1916)), con el que cerrábamos el año.
 
Pintarroja descansando en la abarrotada playa de Cabío en pleno agosto a unos 4 m de profundidad. Foto de Ramón Fernández, quien tuvo además la gentileza de enviar un par de vídeos.
Este 2017, para qué vamos a engañarnos, se presenta también un poco ajetreadillo... bueno, en realidad, MUY ajetreadillo, y además, en lo que nos atañe, con algunos proyectos y colaboraciones muy interesantes de los que os hablaré en su momento. En todo caso, aquí seguiremos hablando y publicando sobre tiburones, en este vuestro blog.

     Un abrazo para todos los lectores y amigos, y mis mejores deseos para este nuevo año. Que el 2017 nos sea propicio... o por lo menos que no nos deje peor de lo que estamos. ¡SALUD!